Un gobierno que no cierra

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Corrupción, fractura y falta de conducción

Hay una ironía que explica mejor que cualquier dato el momento del gobierno de Claudio Poggi: un escándalo de corrupción de proporciones bíblicas tiene como protagonista al (ahora ex) secretario de Ética Pública. Ricardo Bazla, el funcionario encargado de garantizar la transparencia, estaría implicado en la desaparición de una cosecha de maíz valuada en aproximadamente dos millones de dólares.

El campo se llama El Caburé y el caso ya llegó a medios nacionales. En San Luis, en cambio, el silencio es proporcional a la pauta.

Según se filtró en la prensa, Víctor Endeiza, entonces Fiscal de Estado, recibió por WhatsApp la consulta sobre si avanzar con la cosecha. Su respuesta fue directa: “Sí, cosechalo”. Después la cosecha desapareció. Hoy Endeiza integra el Superior Tribunal de Justicia. Poggi lo promovió. Bazla, por su parte, está imputado por ocho delitos y violó una orden judicial al mantener contacto con funcionarios del gobierno. La querella ya pidió prisión preventiva.

La secuencia es judicial pero también política; y Bazla y Endeiza son el síntoma, pero el problema es estructural.

El relato prestado y su límite

Poggi llegó al poder con un envión prestado y una narrativa que no construyó: la de Javier Milei. La adoptó, la tradujo (mal) al plano provincial y hasta negoció parándose arriba de ella: por ejemplo le entregó las elecciones legislativas nacionales a cambio de que La Libertad Avanza no compitiera en las provinciales. En su momento pareció una jugada inteligente. Hoy luce como lo que fue: una apuesta de corto plazo.

El problema de gobernar con un relato prestado es que, cuando ese relato empieza a desgastarse, no hay nada propio que lo reemplace. No hay identidad política, no hay agenda puntana, no hay marco de sentido que ordene la gestión. 

Esa carencia no es abstracta. Tiene responsables. Diego Masci, secretario de Comunicación, aparece como uno de los principales: con mucha billetera pero también con mucha pereza (intelectual y/o literal) es quien debería haber construido ese relato y no pudo o no quiso. El resultado está a la vista. 

La pregunta que instala El Caburé es devastadora para el gobierno: ¿a qué casta vinieron a combatir en San Luis si el secretario de Ética está imputado por corrupción? Y lo que este caso expone es que nunca hubo, en realidad, un gobierno del todo constituido.

La coalición que empieza a soltarse

San Luis parece, a primera vista, replicar algo de lo que ocurre a nivel nacional, pero en realidad es otra cosa. A diferencia de Nación, donde el macrismo y el radicalismo se subsumieron bajo el liderazgo de Milei perdiendo identidad, en San Luis nunca hubo una identidad que ordenar: lo de Poggi es un híbrido inestable entre, radicales, macristas, peronistas y libertarios que empieza a resquebrajarse cuando el poder deja de ordenar.

Las señales se acumulan.

Bartolomé Abdala afirmó que el gobierno provincial está “más sucio que una papa”. Alejandro Cacace puso en duda su alianza con Poggi. El adolfismo cuestiona abiertamente la reforma constitucional. 

Ahora bien: ni Abdala, ni Cacace, ni el adolfismo se despegan por convicción. Es lectura de debilidad.

Cuando se instala la idea de que el liderazgo ya no alcanza, la ruptura deja de ser posibilidad y pasa a ser proceso. Por eso la distancia empieza ahora. Y es solo una anticipación: tanto Abdala como Cacace tienen aspiraciones a gobernar en 2027. Ambos leen lo mismo y actúan en consecuencia: están haciendo leña del árbol que se está cayendo.

El otro lado del vacío

Pero sería un error concluir que este desgaste ordena automáticamente a la oposición. Porque el problema no es solo el oficialismo.

El peronismo puntano sigue sin resolver su propia crisis.

El Gato Fernández, siendo la principal referencia electoral reciente y con el (aún inentendible) beneplácito de Alberto Rodríguez Saá, eligió dar quorum al oficialismo nacional para avanzar con la modificación de la Ley de Glaciares. El gobierno ya tenía los votos, pero necesitaba el quorum. Fernández lo sabía, y aun así eligió ser funcional.

La decisión es, como mínimo, difícil de explicar políticamente. No solo porque va en contra de una agenda ambiental con fuerte respaldo social, sino porque desperdicia la oportunidad de capitalizar un descontento real y extendido ¿Error o acuerdo no explicitado?

En contraste, el Pipi Alí sí leyó el momento y se posicionó rápidamente en contra, ocupando un lugar que otros van dejando vacío.

Lo que cae no es sólo un relato

El de Poggi parece ser un liderazgo que, por ahora, no alcanza para ordenar lo que él mismo puso en marcha. 

Porque empieza a ser cada vez más claro que este es un gobierno que cree que puede reemplazar la gestión con consignas, la política con marketing y la realidad con pauta. Como si gobernar fuera administrar una pantalla: decir, mostrar, repetir. Pero sin mirar. Sin escuchar. 

Mientras tanto, la provincia sigue ahí. La gente sigue ahí. Todos los que no llegan al día 20 del mes. El pibe que va a una escuela con las paredes descascaradas. El que hace cuentas todos los días para ver si alcanza. El que busca algo de comida en la basura. 

Poggi y equipo parecen ir en punto muerto. No hay decisión, no hay dirección, no hay una idea clara de hacia dónde llevar la provincia. Se reciclan recetas viejas, se repiten fórmulas gastadas, se administra la inercia.

¿Hasta dónde llega esa bajada? Porque incluso la forma empieza a fallar. Las fotos con los niños, la sonrisa con dientes impecables y ojitos achinados, todo eso que antes podía funcionar, empieza a generar ruido cuando no hay nada detrás que lo sostenga. A esta altura ya no es un problema de comunicación, es un problema político.

Y recordemos que en política no existen los espacios vacíos. Cuando un gobierno no los llena, los pierde.

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