Hay una escena que se repite en loop en la comunicación oficial: Claudio Poggi en una escuela, Claudio Poggi en un pueblo, Claudio Poggi abrazando a un niño. Esa omnipresencia, que el aparato de propaganda vende como cercanía, esconde en realidad un síntoma psíquico y político.
El gobernador corre porque necesita pertenecer. Su hiperquinesia no responde a una demanda de gestión, sino a una falta de origen. El pecado original de su nacimiento en Córdoba le impone un mandato que Alberto Rodríguez Saá jamás padeció: la obligación de demostrar, físicamente, que conoce el mapa. Alberto podía gobernar desde el aislamiento de su residencia porque conocía la provincia como la palma de su mano; Poggi necesita pisar la provincia para sentir que la domina.
Recorrer la provincia está bien, incluso si el objetivo es demostrar que pertenece. El problema es que, debajo de ese despliegue escénico, la gestión no existe.
La falacia meritocrática
La administración actual opera bajo un error por diagnóstico ideologizado. Intentan aplicar una lógica de «emprendedurismo» y meritocracia liberal en una provincia cuya estructura histórica es estatista.
San Luis no es Silicon Valley; es una construcción política donde el ladrillo, el asfalto y el salario dependen del Estado. Creer que se puede reactivar la economía local con créditos blandos a emprendedores mientras se congelan los salarios de docentes, policías y empleados públicos es no querer entender cómo circula el dinero en la provincia.
El resultado está a la vista, aunque no salga en los reels de Instagram.
Un termómetro económico y social está en Lafinur e Illia. El trueque crece como una economía paralela de supervivencia, como en 2001. Crece hacia el sur y hacia el norte, donde ya llegó hace meses a la avenida España. Es el regreso de la economía popular de trinchera ante un Estado que se retiró de su rol de motor para convertirse en un mero espectador, apostando a que la paciencia social sea infinita.
Los 20.000 beneficiarios del Plan de Inclusión Social, uno de los “problemas” que la meritocracia poggista venía a solucionar, están con sus ingresos licuados por la inflación desde 2023 y son una bomba de tiempo que el gobierno decide ignorar. Hacer actos para mostrar que tres beneficiarios del plan entraron a una fábrica (incluso cuando el estado le sigue pagando el sueldo), es otro termómetro de cómo funciona la política poggista, que sigue mostrando más que resolver.
El vacío que lo sostiene
Para entender por qué Poggi gobierna aun con amplio margen de maniobra, hay que mirar enfrente. El vacío opositor actual no es casualidad; es el producto de una mala praxis política diseñada entre countries, casas de campo y consultoras porteñas.
El final del ciclo de Alberto Rodríguez Saá fue un manual de aislamiento. Asfixiado por un círculo de confianza que terminó reduciéndose a la consanguinidad, el exgobernador perdió las terminales que lo conectaban con la sociedad. La oferta electoral de 2023 fue el clímax de esa desconexión. Asesorado por consultoras de Buenos Aires —esa costumbre de importar gurúes que leen el territorio desde un Excel en Palermo—, el albertismo compró un diagnóstico errado: «San Luis es conservadora». La solución de la consultora porteña Agustina Grigera fue un candidato de diseño: el «Gato» Fernández. Un hombre con cara de tío inofensivo y carisma de mueble, cuya única virtud era no molestar a nadie, principalmente porque nadie lo conocía.
Pero el error se volvió tragedia. En un intento forzado por «interpelar a la juventud», el laboratorio electoral parió la candidatura de Eugenia Catalfamo: exsenadora nacional sub-40, de apellido patricio, enviada a conectar con el barro puntano. No. Caminaba los barrios con la cautela de quien teme manchar unas zapatillas inmaculadas. No representaba a la juventud puntana; representaba a la nueva casta con ropa de diseño, que la juventud real desprecia.
El diagnóstico era más terrenal: los puntanos no queríamos ver más cómo los funcionarios de turno cambiaban el auto cada 6 meses mientras al resto la inflación les comía el sueldo mes a mes.
No obstante, si la intención de Alberto era perder —una teoría conspirativa que su entorno alimenta para darle mística al fracaso—, la ejecución fue brillante.
El peligro de los amateurs
Hoy, a más de dos años de distancia, y a pesar de todo, la figura de Alberto empieza a ser revisitada por la memoria selectiva de la crisis. No por mérito propio, sino por contraste. Se empieza a escuchar el susurro de la nostalgia: «con el Alberto esto no pasaba».
Poggi todavía tiene crédito, pero la cuenta regresiva ya empezó. San Luis está siendo gobernada por un equipo que, pese a la experiencia de su líder, muestra un amateurismo alarmante en la gestión cotidiana. Son amateurs con presupuesto publicitario.
Si el gobierno no entiende que «hacer nada» no es una estrategia sostenible y que la provincia no se arregla con fotos y sonrisas, el vacío que administra se llenará.
Hoy, la nostalgia por el pasado no es un elogio; es una medida del presente. Cuando se empieza a extrañar lo que se votó en contra, algo más profundo está fallando. San Luis no tiene, por ahora, ni un gobierno que entienda su propia economía ni una oposición que haya entendido su propia derrota. En el medio, el trueque, docentes con sueldos miserables, precios caros y la foto del gobernador sonriendo con algún niño. El loop sigue.




