Aura y sangre

albert

El peronismo puntano despertó la semana pasada. No por los salarios, no por el ajuste, no por los despidos. Despertó porque tocaron a la familia.

El martes 17 de marzo, Cristina Fernández de Kirchner llegó a Comodoro Py con tobillera, abogado y una declaración que duró horas. Afuera, militantes. Adentro, una acusación muy teñida de batalla cultural. La escena tuvo todo: drama, tensión, una ex presidenta que convirtió su declaración en un juicio al Poder Judicial. Y algo más difícil de fabricar: convicción política adentro y afuera.

Un día después, en San Luis, Alberto Rodríguez Saá llegó a Tribunales a declarar como testigo en el juicio contra Cintia Ramírez, ex secretaria de Deportes y sobrina política del ex gobernador. Afuera: bombos, trompetas, ex funcionarios, algún concejal que tuvo un altercado con un periodista. La escena también tuvo todo. Menos una cosa: sustancia política. El peronismo puntano sólo se mueve cuando tocan a los suyos.

El original y el otro

No hace falta mucha perspicacia para ver lo que pasó. El peronismo puntano vio la foto de Cristina en Comodoro Py, vio el efecto político, y decidió replicarla. Mismo formato: figura judicial, acompañamiento militante, carga simbólica. 

La diferencia está en la materia prima. Cristina tiene una base de militancia real (incómodo dato para quienes prefieren no verlo). Alberto tiene ex funcionarios, legisladores, empleados, y sobre todo familiares que se activan cuando el jefe llama. Son dos cosas distintas. Una es política. La otra es logística. Y los bombos no suenan igual contratados que convencidos. 

Dicen que Alberto odia visceralmente a Cristina. Tal vez sea así, pero nadie copia a quien desprecia. Se copia a quien, en el fondo, se admira.

El organismo y su reflejo

Hay algo más profundo que la escenografía. El peronismo puntano es un organismo que tiene un solo reflejo: despertar cuando tocan a la familia. No hubo bombos cuando echaron empleados provinciales. No hubo llamado a movilizar en San Luis cuando Milei avanzó con la reforma laboral (al menos los diputados votaron en contra, sí). No hay nada cuando los salarios docentes se deprimen mes a mes. Ni cuando echan a las docentes que luchan por sus derechos.

Pero cuando el juicio roza a Cintia Ramírez — que tiene una hija con el sobrino de Alberto, que es hijo de Adolfo— ahí sí. Ahí aparecen los bombos. Ahí aparece la “militancia”. 

La endogamia no es solo un problema moral. Es un problema político. Un movimiento que solo se activa para defenderse a sí mismo no tiene capacidad de representar a nadie más. Y la gente lo sabe, y peor: lo siente.

El aura y el vacío

Dicho todo esto: Alberto tiene aura. Es un dato, y también un elogio. Sabe hablar, sabe como mirar, sabe cuándo declarar y sabe cómo hacer silencio. Si bien la edad es otro dato, no parece opacar la perspicacia. Declaró que él dio la orden de comprar el colectivo, que todo se hizo con los controles legales. Puede ser cierto o puede ser una maniobra. Probablemente sea las dos cosas.

Lo que está claro es que Alberto quiere jugar. La aparición en Tribunales no fue solo una declaración testimonial: fue una candidatura en construcción. El mensaje era para adentro del peronismo tanto como para afuera. Estoy. Sigo. Vuelvo.

Y las caras que lo rodeaban reconfirman el problema: los mismos de siempre. Nada nuevo bajo el sol puntano. El peronismo que perdió en 2023 por estar desconectado de su propia base se prepara para 2027 con el mismo elenco.

Una advertencia

Poggi gobierna con margen porque enfrente no hay nada que le haga ruido. Por ahora. No hay mérito en eso: es una ventaja coyuntural, no una fortaleza estructural.

Para la oposición lo de la semana pasada fue una señal de que el organismo todavía respira. Pero con respirar no alcanza. Para ser competencia real en 2027, el peronismo puntano va a tener que representar algo más grande que su propio árbol genealógico.

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