Hoy vamos a ir al polígono de tiros me dijo. Bueno contesté, bastante excitado.
Esa fue la primera vez que mi viejo me llevó a disparar. Usamos un rifle que resultaba bastante pesado y sólo le pegué una vez al papel, ni siquiera uno en la silueta, pero con eso estuve contento. No sé por qué no vamos a jugar al bowling pensé.
Unos meses después volvimos al polígono. Teniendo 12 años la actividad ya empezaba a gustarme. Bajando las escaleras ya se sentía el olor a humo de tabaco, pero el de la pólvora lo tapaba. Esta vez mi viejo pidió una pistola. Mientras el empleado del polígono le explicaba a mi padre cómo usar el arma, me distraje viendo a un policía que se reía del disparo de su compañero en la primera línea de tiro.
El tipo seguía con su explicación sobre seguridad y puso la pistola en el mostrador, que me llegaba al hombro. Mis ojos quedaron fijados en el acero mientras el tipo ahora hablaba con mi viejo de anécdotas en común, se conocerán de antes. Un reflejo me hizo alzar la mano para agarrar la pistola, pero estaba lejos de mi gordo brazo. En la voluntad de alcanzarla dí un pequeño saltito que me permitió empuñarla de un solo movimiento y el dedo índice que ya estaba tocando el gatillo se contrajo.
El chasquido metálico retumbó como un cañonazo en mi cabeza. Quedé atónito. Ví de reojo como los policías de la primera línea se ponían en posición defensiva, mirando hacia donde yo estaba, todavía con el arma empuñada. El hombre del polígono se agachó detrás del mostrador y mi viejo también quedó agachado al lado mío, que seguía parado y empoderado. Otro reflejo me hizo soltar el arma. Ví la cara de pánico del empleado cuando el arma se deslizó por el mostrador después del arrojo.
Por suerte la pistola no estaba cargada, las balas estaban en la caja, y en caso de haberlo estado le habría dado al tipo que hablaba mucho, o con suerte a la estantería con otras armas y municiones que estaba a su espalda.
La situación continuó con el hombre dando otros diez minutos de explicaciones aburridas sobre seguridad y después otra práctica de tiro con mi viejo, aunque tuvimos una leve mejora: esta vez le dimos al hombro de la silueta un par de veces.
¿Qué cagada que me podría haber mandado no? le dije a mi viejo a la salida del polígono. Sí Oni me dijo, y nos fuimos a tomar una coca y comer sanguches de miga.


