Se llamaba Marcela. Eso nos dijo el preceptor. Entró al curso a mitad del último año y los 8 varones la recibimos con miradas amables. A través del guardapolvo se sugerían dos grandes tetas. Ella se sentó y no habló con nadie en todo el día.
Al otro día Marcela faltó, y al siguiente también. Al otro día Marcela volvió, pero llegó dos horas tarde y se fue antes. Ese día le preguntamos al preceptor si le pasaba algo a Marcela. “Tiene un hijo”, nos dijo. Marcela iba un día y faltaba dos, y nadie del curso se le acercaba a hablarle. Muchas veces se dormía en clase y eso producía las risas de medio curso. Las del fondo se burlaban, las aplicadas de adelante las miraban con desprecio, pero tampoco hacían nada. Marcela, cuando iba, llegaba una hora después que los demás, con el guardapolvos y zapatillas de lona sucias, y con cara de sueño.
Un día llegó más desaliñada de lo que siempre, y con más ojeras. Uno de los varones, Mauro, se dio cuenta de que el guardapolvos tenía marcado en el pezón una aureola amarillenta y se lo comentó a Iván, el compañero que tenía sentado al lado. Iván se rió estruendosamente, y acto seguido le contó la novedad a los dos compañeros que tenía atrás: Adrián y Julián.
El rumor se esparció por el curso durante la clase de Formación Ética y Ciudadana, donde estábamos viendo “La Democracia”, pero sólo prestaban atención las dos chicas que se sentaban adelante y al medio del aula, bien cerquita de la profesora.
Cuando terminó la clase de formación ética, salimos algunos al recreo, incluída Marcela. Ella se quedó sentada en un cantero, sola. Los alumnos de cursos más chicos le pasaban por al lado, jugando a la pelota, a veces la golpeaban sin querer en el fragor de los partidos de 5 minutos. Ella respondía siempre amablemente y cuando tenía que devolver la pelota lo hacía automáticamente, sin quejarse.
Cuando volvimos del recreo, muy lentamente y por grupo, empezamos a hacer silencio, y todavía sin profesor ni preceptor en el aula, lo que tomaba protagonismo en lugar del bullicio era otra cosa. En el pizarrón, dónde antes del recreo decía La Democracia, ahora decía “Marcela teta de leche”.
Después de 5 minutos en el aula había un silencio solo interrumpido por el ruido de risas contenidas y susurros seguidos de más silencio. Marcela estaba mirando al suelo, conteniendo el llanto y sin poder siquiera levantar la cabeza. Nadie dijo nada. Yo no dije nada. Marcela después de ese día no volvió más, y nadie supo más de ella, aunque nunca nos preguntamos. No estoy seguro de que se llamara Marcela.


