Cambiar todo para no cambiar nada

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Hay decisiones que se explican más por lo que intentan ocultar que por lo que dicen. El pedido de renuncia masivo que Claudio Poggi lanzó sobre su gabinete este lunes entra en esa categoría: la del espasmo de autoridad

En la superficie, el libreto es impecable. El gobernador habla de «austeridad», de «caída de recaudación» y de «alinear el norte». Es el lenguaje que le gusta a su electorado: la idea de un jefe que pasa la escoba para que no se gaste lo que no hay. Pero debajo de la narrativa del ajuste, late una urgencia política que los focus groups ya no pueden disimular. 

El gesto tiene tres destinatarios

El primero es el frente interno. Poggi necesita mostrar autoridad. Después de más de dos años de gestión, con un gabinete y un equipo dirigencial que nunca terminó de consolidarse, empiezan a aparecer ruidos que antes no estaban. Funcionarios que no terminan de encuadrarse, decisiones que no bajan con claridad, una sensación de desorden que ya no queda solo en los pasillos

El episodio de El Caburé, con el Secretario de Ética imputado por corrupción, no es una anomalía: es un síntoma de esa pérdida de control. Las paredes de Terrazas hablan, y lo que dicen no es precisamente cohesión.

El segundo destinatario es político. Más precisamente, el adolfismo. La alianza que sostuvo a Poggi para llegar al poder nunca fue una identidad: fue un acuerdo. Adolfo Rodríguez Saá demostró en estos meses que conserva capacidad de daño desde adentro. El pedido de renuncias también funciona como una señal: poner en pausa, reordenar, y medir fuerzas. Ver quién queda, quién se va y, sobre todo, quién responde a quién.

El ruido de «no hacen nada»

Pero el destinatario final, y quizás el más peligroso, es el ciudadano de a pie. En los barrios de San Luis y en las plazas de los pueblos, la frase que se instaló con la fuerza de un decreto es lapidaria: “El gobierno no hace nada”. Importa menos su precisión que lo que revela: una percepción ya instalada. 

Los focus groups, las encuestas y los consultores de los que se nutre Poggi (y que hoy guían al gobierno en muchas decisiones) ya lo registraron. Y la reacción es conocida: mover. Cambiar. Busca construir la épica del movimiento donde falta la épica de la gestión. 

El problema es que mover no es lo mismo que gobernar.

Hay un antecedente cercano que ayuda a entender esto. Durante sus gestiones, Alberto Rodríguez Saá usaba los diciembres de mitad de mandato como instancia de evaluación real. No era solo recambio: era un mecanismo de orden político. Se premiaba, se castigaba, se redefinía rumbo. Había, al menos, una lógica de conducción detrás. Acá todavía no está claro que la haya.

Porque la sensación de parálisis no nació ahora. Viene desde el inicio de la gestión. No hay indicadores claros de mejora: se percibe más pobreza, menos dinamismo económico, un Estado más lento, más burocrático, con menos capacidad de respuesta. La promesa de reactivación quedó, por ahora, en el terreno del anuncio. Lo que sí hay, es mucho marketing.

En ese contexto, pedir todas las renuncias puede ser leído como un gesto de autoridad. Pero también como una señal de que el problema no está en las piezas, sino en el armado.

Un gesto contra el reloj

Poggi busca mostrar que decide, que ordena, que corta cabezas. Es una jugada lógica, pero tiene el aroma de lo tardío.

Si el movimiento no viene acompañado de dirección, queda en escenografía. Y la política (sobre todo en contextos económicos duros) tiene cada vez menos paciencia para la escenografía.

Mover puede dar aire. Pero no construye rumbo.

Y a esta altura, el problema ya no es si el gabinete funciona.

Es si hay un gobierno que sepa hacia dónde ir.

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